¿De dónde son los churros? Historia, masa y tradición en México
- Grupo RosaNegra
- 5 abr 2024
- 3 min de lectura
Actualizado: 13 jul
Crujientes por fuera, tiernos por dentro y casi siempre cubiertos de azúcar, los churros forman parte del paisaje cotidiano de México. Aparecen en churrerías, ferias, plazas y sobremesas; pueden llegar solos, con canela, rellenos de cajeta o acompañados por chocolate caliente. Esa familiaridad hace que una pregunta parezca sencilla: ¿de dónde son los churros?
La respuesta honesta es que no existe una sola versión plenamente comprobada. Hay rutas históricas, preparaciones emparentadas y relatos populares que ayudan a entender cómo una masa frita atravesó culturas hasta adquirir una identidad propia en México.

¿Cuál es el origen de los churros?
Una historia muy difundida conecta al churro con el youtiao, una masa frita de origen chino. Según una reseña de la Secretaría de Agricultura de México, comerciantes portugueses conocieron esa preparación, la llevaron a la península ibérica y allí se transformó con azúcar y una forma acanalada.
Otros estudios sitúan los antecedentes en la tradición mediterránea de masas fritas. Un documento alojado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia incluye los churros entre recetas que llegaron desde España, junto con otros dulces de influencia árabe, judía y morisca.
Las dos miradas pueden convivir si se evita convertir una hipótesis en certeza. Las masas fritas existen en distintas cocinas desde hace siglos; el churro que hoy reconocemos se desarrolló en la península ibérica y viajó a América, donde cada región lo adaptó.
Entonces, ¿los churros son mexicanos?
No nacieron en el México prehispánico, pero sí se volvieron profundamente mexicanos. Las recetas que llegaron durante el periodo colonial cambiaron al encontrarse con ingredientes, gustos y formas locales de compartir la comida.
En México, el churro dejó de ser únicamente una tira de masa con azúcar. La canela se volvió una compañía habitual y aparecieron versiones rellenas de cajeta, chocolate o dulce de leche. También se consolidó la costumbre de comerlos con café o chocolate caliente, una combinación que convierte un postre sencillo en un ritual de conversación.
Llamar “churros mexicanos” a estas versiones no borra su recorrido internacional. Describe la manera en que México adoptó la preparación, la hizo cotidiana y siguió reinventándola.
¿Cómo se hacen los churros?
La base tradicional es breve: agua, harina y sal. Algunas recetas incorporan mantequilla, huevo o azúcar, pero no todas lo hacen. La masa debe quedar firme para pasar por una churrera o manga con boquilla en forma de estrella.
Ese relieve no es solo decorativo. Las estrías aumentan la superficie que toca el aceite y ayudan a crear el contraste entre una corteza crujiente y un centro suave. Después de freír, los churros se escurren y se cubren cuando aún están calientes, normalmente con azúcar o una mezcla de azúcar y canela.
La temperatura importa. Si el aceite está frío, la masa absorbe demasiado; si está excesivamente caliente, el exterior puede dorarse antes de que el centro se cocine. Por eso la textura depende tanto de la técnica como de los ingredientes.
Churros, porras y versiones rellenas
No toda masa frita acanalada se prepara igual. En España, las porras suelen ser más gruesas y esponjosas que los churros. En México, el término churro abarca desde piezas delgadas y rectas hasta espirales, bocados pequeños o versiones rellenas.
La cajeta aporta notas de leche caramelizada; el chocolate intensifica el perfil dulce; y una salsa de fruta puede sumar acidez. También existen interpretaciones con helado o presentaciones para compartir. Lo importante es conservar el contraste que define al postre: superficie recién frita y centro tierno.
¿Con qué se acompañan los churros?
El chocolate caliente es el compañero clásico, pero no el único. Un café puede equilibrar el azúcar, mientras que el helado juega con temperatura y textura. Cuando hay rellenos o salsas, conviene que cada elemento tenga una función y no oculte por completo el sabor de la masa.
Esa capacidad de adaptarse explica buena parte de su permanencia. El churro puede ser desayuno, antojo callejero, postre de sobremesa o una preparación contemporánea de restaurante sin perder su identidad.
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